martes, 10 de mayo de 2011

"Pequeñas burbujas que flotan viajando en el aire"

Nacemos, salimos de ese lugar tan acogedor y temperado: el vientre de nuestras mamás. Durante nuestra formación, vamos envueltos en una fina capa transparente que nos ayuda a crecer: la placenta. En el mismo instante en que entramos al mundo por primera vez, un gigante muy extraño, vestido de blanco ordena robarnos esa pequeña capa, esa protección infinitamente indispensable para empezar a ser porqué teóricamente desde ese momento ya somos. Lloramos, nos sentimos desprotegidos y empezamos a agitar los puños, cerrando los brazos y acompañados por el llanto, los ponemos delante de nuestra cara empapada de lágrimas para que nadie nos dañe, haciéndonos totalmente inaccesibles e invulnerables. Todos nos agarran, nos quieren coger en sus brazos, creen que no somos inteligentes y la realidad es distinta: somos tan astutos que solo abandonamos el llanto cuando nos sentimos, de nuevo, como si estuviéramos dentro de ese perfecto hogar materno.


A lo largo de nuestras vidas, la historia sigue. Vamos creciendo y ese espíritu de necesitar una protección, de anhelar la placenta, se transforma como en una pequeña burbuja individual que va viajando a través de la vida con nosotros. Cada uno se crea una, cada uno vive dentro de su propia e intransferible burbuja. Entonces, durante el camino, nos encontramos con innumerables individuos que también habitan dentro de la suya. Hay burbujas ajenas que pasan a años luz de nosotros, que ni siquiera apreciamos. Las hay que pasan a nuestro lado, compartiendo algún momento con nosotros por un corto período de tiempo. Estás quizás nos aporten algo a nuestras vidas, quizás añadan unos mililitros de jabón en la formación de nuestra burbuja y nos la hagan crecer porque nos enseñen algo nuevo aunque estén con nosotros por un tiempo lo suficientemente efímero para no acordarnos de sus nombres. Sin embargo, hay burbujas con las que somos tan opuestas, tan inmiscibles que solamente acercarnos a ellas, rebotamos o colisionamos irremediablemente. Pero lo cierto es que probablemente estas son quiénes nos enseñan más que nadie porqué en algunos casos nos dañan nuestra burbuja, nos la fracturan, nos la rompen a pedazos. Entonces, debemos ser lo suficientemente rápidos y audaces para reconstruirla o incluso si fuera necesario fabricarla de nuevo. Y hay aquellas burbujas que cuando las vemos, queremos que estén más cerca de nosotros, queremos que cada día nos den un poco de jabón a cambio de que nosotros les demos un poco del nuestro. No lo podemos evitar, nos atraen y deseamos que nuestras burbujas se unan para continuar creciendo juntas. Y hay veces, que empezamos a necesitar sospechosamente estas últimas burbujas, nos sobrepasan, nos enamoran. De repente, nada nos da miedo. Podrían jurarnos una y otra vez que caeremos en el vacío y seguiríamos arriesgándonos. Y entonces esa burbuja esta tan cerca nuestro que deseamos que la nuestra desaparezca por una vez. Y esa burbuja tan cercana, discretamente y con mucho tacto, nos pincha la nuestra, nos estira del brazo con una suavidad de ángel y haciéndonos un camino de nubes de algodón azucaradas, nos invita a entrar en la suya. Se llama amor. Aceptamos como si nos hubieran vendado los ojos y todo fuera perfecto. Y tenemos tan poco miedo que agarrados de la mano de amor, comenzamos a volar.
Eso es todo, no somos más que pequeñas burbujas que flotan viajando en el aire.