domingo, 13 de noviembre de 2011

la tristesa és el preu de l'alegria.


Hi ha pensadors i filòsofs que diuen: "Quan algú sap què és la felicitat, podem suposar que alguna vegada l'ha perduda".
I sí, és així. Penso que aquesta cita té tota la raó perquè només aquells qui han estat feliços, enyoren la felicitat quan no la tenen. I la busquen, la busquen desesperadament, ben il·lusos, ben innocents. No s'aturen a pensar i deixar-se emportar per la corrent dient: Com més la busqui menys la trobaré, potser és ella qui m'ha de trobar a mi.
Però és cert. I res és més trist que la tristesa d'una persona alegra. Perquè quan aquesta persona caigui en la tristesa, s'obsessionarà per trobar la felicitat... i el dia que menys ho esperi, el dia que no pensi ni en com està... tornarà a ser feliç.

sábado, 29 de octubre de 2011

Si...

Si…

Si pots mantenir el cap assenyat quan al voltant
tothom el perd, fent que en siguis el responsable;
si pots confiar en tu quan tots dubten de tu,
deixant un lloc, també, per als seus dubtes;
si pots esperar i no cansar-te de l’espera,
o no mentir encara que et menteixin,
o no odiar encara que t’odiïn,
sense donar-te fums, ni parlar en to sapiencial;

si pots somiar —sense fer que els somnis et dominin,
si pots pensar —sense fer una fi dels pensaments;
si pots enfrontar-te al Triomf i a la Catàstrofe
i tractar igual aquests dos impostors;
si pots suportar de sentir la veritat que has dit,
tergiversada per bergants per enxampar-hi els necis,
o pots contemplar, trencat, allò a què has dedicat la vida,
i ajupir-te i bastir-ho de bell nou amb eines velles:

si pots fer una pila de tots els guanys
i jugar-te-la tota a una sola carta,
i perdre, i recomençar de zero un altre cop
sense dir mai res del que has perdut;
si pots forçar el cor, els nervis, els tendons
a servir-te quan ja no són, com eren, forts,
per resistir quan en tu ja no hi ha res
llevat la Voluntat que els diu: «Seguiu!»

Si pots parlar amb les gents i ser virtuós,
o passejar amb Reis i tocar de peus a terra,
si tots compten amb tu, i ningú no hi compta massa;
si pots omplir el minut que no perdona
amb seixanta segons que valguin el camí recorregut,
teva és la Terra i tot el que ella té
i, encara més, arribaràs, fill meu, a ser un Home.

martes, 30 de agosto de 2011

nosotros también tenemos sentimientos


Yo sólo sé que no sé nada, como dijo una vez el gran maestro Sócrates. La única cosa que verdaderamente sé o al menos he aprendido a lo largo de mi existencia, es que soy un burro. Pero después de ser un objeto de burla de cualquiera, después de darme cuenta que soy el payaso mayor de todo este gran circo de animales, he asumido que quizás sí que soy un burro. Cuando digo burro no me refiero a Equus africanus asinus, no hablo del animal doméstico de la familia de los équidos ni del famoso mamífero cuadrúpedo, hago referencia a mi ausencia de astucia debido a la cual todo el mundo me infravalora.

No obstante, el hecho de brillar por mi falta de inteligencia no me impide tener sentimientos. Tengo una cabeza minúscula, pero no me preocupa porqué ésta sirve para pensar y nunca para sentir. Muchas personas e incluso mi amo, me tratan como si yo no tuviera emociones. Pero la verdad es otra. Yo también lloro, siento miedo y pavor al abandono, me siento solo y desdichado cuando todo el mundo me da de lado y algún día, aunque muy pocos y ignorando toda esta impotencia de mi paupérrimo mundo, también me he sentido feliz.

Cuando pienso en todos mis defectos, en mi vida desgraciada y sin ilusión, intento compararme con mi amo y eso me da esperanza y me consuela. Mi amo es algo parecido a una persona que todo el dinero que tiene se lo gasta en vino. Hace siete meses que le prohibieron conducir cualquier tipo de vehículo de motor por circular ebrio y ahora lleva su carro arrastrado por mí todo el día. Es tan pobre y a la vez tan vicioso que debo admitir que muchas veces cuando le cortan el agua de su mugrienta chabola, me da vino para beber. Y no es que le importe que yo esté sediento sino que no quiere que muera porqué sin mí no levantaría el culo del suelo ni podría movilizarse hacia ningún lugar.

¿Pero por qué estoy hablando de él? ¿Para qué estoy dedicándole un sacrificio de mis arcaicas neuronas? Lo odio, en realidad me asquea con todas sus fuerzas. Todavía no sé ni cómo existo. Y es que ayer, a media tarde, circulábamos a 5 km/h en su carro cuando se me cruzó un coche de la policía por delante. Me pisó todo el pié y casi me rompe las patas. Pero claro no importa, al fin y al cabo, soy un miserable burro. Nadie se fijó en mí, se limitaron a detenerlo a él y llevarlo a la prisión. Y quizás debería sentirme triste y solo, a lo mejor tendría que ir a verlo y demostrarle que por encima de todo me duele cómo ha acabado. Pero no lo amo y él tampoco me amaba. Lo que no sabe es que mientras él está hundido en su miseria, yo ya no lo espero. Ahora, soy un aventurero libre que después del canto del primer pajarillo, paseo por los campos disfrutando de cada nuevo amanecer.

martes, 10 de mayo de 2011

"Pequeñas burbujas que flotan viajando en el aire"

Nacemos, salimos de ese lugar tan acogedor y temperado: el vientre de nuestras mamás. Durante nuestra formación, vamos envueltos en una fina capa transparente que nos ayuda a crecer: la placenta. En el mismo instante en que entramos al mundo por primera vez, un gigante muy extraño, vestido de blanco ordena robarnos esa pequeña capa, esa protección infinitamente indispensable para empezar a ser porqué teóricamente desde ese momento ya somos. Lloramos, nos sentimos desprotegidos y empezamos a agitar los puños, cerrando los brazos y acompañados por el llanto, los ponemos delante de nuestra cara empapada de lágrimas para que nadie nos dañe, haciéndonos totalmente inaccesibles e invulnerables. Todos nos agarran, nos quieren coger en sus brazos, creen que no somos inteligentes y la realidad es distinta: somos tan astutos que solo abandonamos el llanto cuando nos sentimos, de nuevo, como si estuviéramos dentro de ese perfecto hogar materno.


A lo largo de nuestras vidas, la historia sigue. Vamos creciendo y ese espíritu de necesitar una protección, de anhelar la placenta, se transforma como en una pequeña burbuja individual que va viajando a través de la vida con nosotros. Cada uno se crea una, cada uno vive dentro de su propia e intransferible burbuja. Entonces, durante el camino, nos encontramos con innumerables individuos que también habitan dentro de la suya. Hay burbujas ajenas que pasan a años luz de nosotros, que ni siquiera apreciamos. Las hay que pasan a nuestro lado, compartiendo algún momento con nosotros por un corto período de tiempo. Estás quizás nos aporten algo a nuestras vidas, quizás añadan unos mililitros de jabón en la formación de nuestra burbuja y nos la hagan crecer porque nos enseñen algo nuevo aunque estén con nosotros por un tiempo lo suficientemente efímero para no acordarnos de sus nombres. Sin embargo, hay burbujas con las que somos tan opuestas, tan inmiscibles que solamente acercarnos a ellas, rebotamos o colisionamos irremediablemente. Pero lo cierto es que probablemente estas son quiénes nos enseñan más que nadie porqué en algunos casos nos dañan nuestra burbuja, nos la fracturan, nos la rompen a pedazos. Entonces, debemos ser lo suficientemente rápidos y audaces para reconstruirla o incluso si fuera necesario fabricarla de nuevo. Y hay aquellas burbujas que cuando las vemos, queremos que estén más cerca de nosotros, queremos que cada día nos den un poco de jabón a cambio de que nosotros les demos un poco del nuestro. No lo podemos evitar, nos atraen y deseamos que nuestras burbujas se unan para continuar creciendo juntas. Y hay veces, que empezamos a necesitar sospechosamente estas últimas burbujas, nos sobrepasan, nos enamoran. De repente, nada nos da miedo. Podrían jurarnos una y otra vez que caeremos en el vacío y seguiríamos arriesgándonos. Y entonces esa burbuja esta tan cerca nuestro que deseamos que la nuestra desaparezca por una vez. Y esa burbuja tan cercana, discretamente y con mucho tacto, nos pincha la nuestra, nos estira del brazo con una suavidad de ángel y haciéndonos un camino de nubes de algodón azucaradas, nos invita a entrar en la suya. Se llama amor. Aceptamos como si nos hubieran vendado los ojos y todo fuera perfecto. Y tenemos tan poco miedo que agarrados de la mano de amor, comenzamos a volar.
Eso es todo, no somos más que pequeñas burbujas que flotan viajando en el aire.