martes, 30 de agosto de 2011

nosotros también tenemos sentimientos


Yo sólo sé que no sé nada, como dijo una vez el gran maestro Sócrates. La única cosa que verdaderamente sé o al menos he aprendido a lo largo de mi existencia, es que soy un burro. Pero después de ser un objeto de burla de cualquiera, después de darme cuenta que soy el payaso mayor de todo este gran circo de animales, he asumido que quizás sí que soy un burro. Cuando digo burro no me refiero a Equus africanus asinus, no hablo del animal doméstico de la familia de los équidos ni del famoso mamífero cuadrúpedo, hago referencia a mi ausencia de astucia debido a la cual todo el mundo me infravalora.

No obstante, el hecho de brillar por mi falta de inteligencia no me impide tener sentimientos. Tengo una cabeza minúscula, pero no me preocupa porqué ésta sirve para pensar y nunca para sentir. Muchas personas e incluso mi amo, me tratan como si yo no tuviera emociones. Pero la verdad es otra. Yo también lloro, siento miedo y pavor al abandono, me siento solo y desdichado cuando todo el mundo me da de lado y algún día, aunque muy pocos y ignorando toda esta impotencia de mi paupérrimo mundo, también me he sentido feliz.

Cuando pienso en todos mis defectos, en mi vida desgraciada y sin ilusión, intento compararme con mi amo y eso me da esperanza y me consuela. Mi amo es algo parecido a una persona que todo el dinero que tiene se lo gasta en vino. Hace siete meses que le prohibieron conducir cualquier tipo de vehículo de motor por circular ebrio y ahora lleva su carro arrastrado por mí todo el día. Es tan pobre y a la vez tan vicioso que debo admitir que muchas veces cuando le cortan el agua de su mugrienta chabola, me da vino para beber. Y no es que le importe que yo esté sediento sino que no quiere que muera porqué sin mí no levantaría el culo del suelo ni podría movilizarse hacia ningún lugar.

¿Pero por qué estoy hablando de él? ¿Para qué estoy dedicándole un sacrificio de mis arcaicas neuronas? Lo odio, en realidad me asquea con todas sus fuerzas. Todavía no sé ni cómo existo. Y es que ayer, a media tarde, circulábamos a 5 km/h en su carro cuando se me cruzó un coche de la policía por delante. Me pisó todo el pié y casi me rompe las patas. Pero claro no importa, al fin y al cabo, soy un miserable burro. Nadie se fijó en mí, se limitaron a detenerlo a él y llevarlo a la prisión. Y quizás debería sentirme triste y solo, a lo mejor tendría que ir a verlo y demostrarle que por encima de todo me duele cómo ha acabado. Pero no lo amo y él tampoco me amaba. Lo que no sabe es que mientras él está hundido en su miseria, yo ya no lo espero. Ahora, soy un aventurero libre que después del canto del primer pajarillo, paseo por los campos disfrutando de cada nuevo amanecer.

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